Una visión de la vida

 Hace unos días que vengo rumiando esta visión de la vida que hoy voy a compartir con vosotros. Y es que me imagino nuestra vida como un viaje de ida y vuelta en el que ascendemos una montaña. 

Al principio del viaje, cuando estamos en la falda de la montaña, sin ninguna experiencia previa en esto del alpinismo, el reto es colosal. No sabemos por dónde empezar y nos lo tienen que enseñar todo. Afortunadamente, solemos tener sherpas que nos ayudan en estos difíciles inicios: nuestra familia, nuestros profesores, la sociedad en la que vivimos nos va indicando el camino por el que hay que subir. Es verdad que hay muchos caminos diferentes, y que para algunos ese camino es mucho más sencillo, y para otros es mucho más complicado. No obstante, por mucha o poca ayuda que encontremos, al final nuestro empeño también es decisivo para ir superando los obstáculos con los que nos encontremos en nuestra ruta. 

Conforme pasa el tiempo, la experiencia hace que la pendiente nos sea más llevadera, y este hito que parecía tan lejano se va acercando: pasa la niñez y la adolescencia, etapas en las que se desarrolla nuestro cuerpo y nuestra mente hasta alcanzar la madurez. A estas alturas del camino, aunque nuestros guías iniciales aún suelen estar cerca de nosotros, hemos ido conociendo compañeros de ruta a los que prestamos más atención: amigos, parejas, ídolos, ejercen tanta o más influencia en nosotros que familia o profesores. Y es que en este punto, la cuesta se aplana, y no estamos tan pendientes de las dificultades del camino como de las vistas (o visiones) que vemos al mirar hacia el horizonte. 

Poco a poco, llega un momento en que nos cuesta saber si hemos llegado ya al punto más alto de la montaña o aún podemos subir un poco más alto. A todo esto, la mochila con la que iniciamos el viaje, que al principio estaba completamente vacía, se ha ido llenando de cosas que hemos ido recogiendo durante el trayecto. Es posible que todas estas cosas nos sean de gran utilidad o completamente intrascendentes, que nos sean de ayuda cuando nos surja un problema o que su peso nos dificulte el avance. Incluso es posible que en algún momento tengamos que vaciar parte de su contenido, o de cambiar unas cosas por otras para poder continuar. También tendremos claro si deseamos compañía en nuestro viaje, y en caso afirmativo es posible que hayamos encontrado al acompañante perfecto, estemos aún en ello, o incluso que hayamos decidido cambiar al acompañante o retornar a la soledad.

Finalmente, llegará un momento en que nos daremos cuenta de que ya hemos dejado de subir, y que lenta pero inexorablemente hemos iniciado la cuesta abajo, y por lo general este momento nos genera desasosiego, porque la velocidad de nuestro caminar parece que cada vez es mayor, y lo que es meridianamente claro es que a nuestro viaje cada vez le queda menos tiempo. Ya tenemos mucho trecho recorrido y sabemos cómo manejarnos en la bajada, de tal modo que en muchos casos lo que más deseamos es poder ayudar con nuestra experiencia a aquellos que empiezan su camino de ascenso. No obstante, aún nos quedan parajes que nos sorprenderán, viajantes de los que aprenderemos y momentos mágicos irrepetibles por los que valdrá la pena seguir caminando. Cierto es que a estas alturas, nuestro cuerpo, agotado ya de tanto andar, es muy posible que comience a fallarnos, con lo que esta última parte del camino suele hacerse tanto o más pesada de lo que fue cuando iniciamos la ascensión.

En cualquier caso, bajo mi modesta opinión (y os habla alguien que se encuentra en el punto en que ya es consciente de que acaba de iniciar el trayecto de bajada, de forma muy suave pero ya perceptible), lo verdaderamente importante es saber adaptarse a las circunstancias de la marcha en cada momento de la mejor forma posible. Para ello serán de gran ayuda tanto los acompañantes con los que estemos como aquellas cosas que hayamos podido guardar con nosotros en nuestra mochila. 

Y alguien puede preguntarse: todo este viaje, con la de problemas y obstáculos que nos vamos en encontrar, para al final acabar en el mismo punto que lo empezamos, ¿tiene algún sentido? ¿realmente ha valido la pena?

Soy de los que piensa que rotundamente sí (también es verdad que creo que he tenido mucha suerte en la ruta que he seguido hasta el momento, no sé si diría lo mismo si mi camino hubiera estado jalonado de más dificultades y adversidades). En cualquier caso, esta es mi visión que hoy quería compartir con vosotros, y me encantaría que me dijeseis que opináis al respecto. 

Hasta la próxima entrada!!!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Presentación

Una entrada trascendental... o no tanto

Salud, dinero y amor